lunes, 7 de mayo de 2007

Juan II





Lo dejé durmiendo en los vagones abandonados que se encuentra a las orillas de las vías del tren y que ahora habitan ex trabajadores de la desaparecida empresa estatal de ferrocarriles y estos permiten a los emigrantes pasar la noche, o comer un taco por $50,00, me fui a casa pensando en la noche, en las luces que se prenden y se apagan y que eran la esperanza de toda esta gente. Y que probablemente no se prendan nuevamente.

Horas antes vi llegar el tren y sabía que alguien bajaría, vi un grupo de 10 personas, yo con cámara en mano empecé a disparar, un cuadro, otro cuadro; el tren pasó lentamente a mi lado y ellos se alejaban de la orilla de las vías, unos agacharon la mirada ante mí, otros me veían con coraje.

Pregunté de dónde venían, uno dijo con la sonrisa: "¡¡de mi casa, manito!!"; yo reí y le respondí con otra pregunta: "¿y el tren de donde viene?; respondió, "¡¡del infierno, manito!!"... Y siguió su camino...

Vi a Juan venir, solo, como contando los pasos.... volteaba una y otra vez hacia donde los vagones dejaban de rugir y se veían pesadamente enormes y tristes.

Lo vi venir lentamente, una y otra vez volteaba, buscando...

- Hola...
- Hola joven...
- ¿De dónde viene?
- Pues de Orizaba.
- ¿A qué hora salió?
- Como a la una de la mañana...
- ¿Viene solo?
- No, no, sólo que no sé dónde están. ¿No los ha visto usted?
- ¿A quién?
- ¡A mi gente pues, compa!
- Pues acaban de pasar unas personas, eran como 10...
-Esos no son, mire usted, son cuatro, el Carlos, el Robert, Julián y Ricardo, íbamos a subir al tren juntos, los vi correr, pero no sé qué ocurrió, sólo ya no están...
- No he visto bajar a nadie más...
- ¿Y usted quién es, de dónde viene?
- Sólo tomo fotos...
- ¿Para qué?
- Pues para hacer un trabajo sobre como viajan ustedes hacia los Estados Unidos...
- ¿Y eso sirve de algo?, porque mire, yo busco a mis compas y creo que los he perdido, mejor me regreso... ¿Usted qué piensa, debo regresar?
- Pues no sé, ya llegó a la mitad del camino, regresar ahora no lo sé... ¡No le conviene!
- Pero vengo solo, perdí a mis amigos a mis sobrinos; ¿ahora qué hago? no tengo ni un peso... estoy solo...
- ¿Cómo se llama usted?
- Juan, me llamo Juan, ¿y usted cómo se llama?
- Javier...

Y seguimos caminando...




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La justicia consiste en tener respeto por el derecho de la gente a vivir como quiera.
Naguib Mahfuz

lunes, 30 de abril de 2007

Juan



Él es hondureño, se llama Juan, ahora no sé donde se encuentra, pero sí sé cuando llegó a la estación del tren en la localidad de Lechería, Estado de México, a dos horas en tráfico severo desde mi casa en carro.

Eran las seis de la tarde de un sábado, llegó el tren de carga proveniente de la ciudad de Orizaba, Veracruz, en el Oriente del país. El tren había salido a la 1 de la mañana de ese día sábado, recorriendo sus cientos de kilómetros por la sierra veracruzana con sus 32 túneles que cruzan la montaña antes de tocar el estado de Puebla y posteriormente atravesar el centro de país para después salir rumbo al norte.

17 horas de camino, 17 horas del trac, trac, trac, de las vías del tren, 17 horas de arrastrar una pesado convoy de 60 vagones, con carga, que va desde autos manufacturados en Brasil, pasando por granos, petróleo, aceite, grava, arena y demás utilería para la industria con destino en EU y Canadá, incluyendo a su dos centenares de viajeros centroamericanos.

Él, Juan, venía con dos amigos y dos familiares más; estando en Orizaba habían escapado de un operativo que realizó a las seis de la tarde la policía migratoria; corrió, y corrieron, saltando potreros y sembradíos de maíz; sólo escuchaba los "deténgase" de la policía. Y pensó, "si me detengo me regresan y ya tengo 20 días fuera de casa, me ha llovido, me ha dado sed, he tenido hambre, pero he llegado hasta aquí, he pasado lo más difícil", eso me dijo.

Yo sólo miraba unos ojos rojos, rojos; pensaba que era una infección por el viento que pasa alrededor del tren en marcha, pero no… Mientras pensaba esto cayó una lluvia de lágrimas, un manoteo y un taparse la cara y soltando mocos... Yo, pues atónito ni qué decir....

Traía unos Klinex, estiré la mano y vi unos ojos que me miraban y gritaban si era justo tanto trabajo, si era justo tener que salir y dejar a su esposa y dos hijitos en su país por no tener trabajo...

Yo, sólo enmudecí, mi cerebro no quería trabajar, no quería hacer su quehacer, no tenía las palabras de consuelo. Pero lo adivinó...

"No joven, no necesito consuelo, lo que necesito es un trabajo para sostener a mi familia, sólo eso. La policía me agarró, me subió a una troca y creí que estaría de regreso en la frontera en 12 horas, pero no, no, joven, me desnudaron, me quitaron mis papeles y mis 80 pesos que había cambiado en Tapachula, (Chiapas).

“No traía más, se enojaron y me golpearon. Me despidieron puteándome, y diciendo el comandante que si me atrapaba nuevamente que me diera por muerto. Me soltó, sin nada, sólo mi bolsa y esta con una camisa, pero sin dinero.

"Llegué a donde estaban mis amigos, los encontré en lo oscuro de la noche, pasaron las horas y vimos la lucecilla del tren a lo lejos que iba aumentando de tamaño; el Robert dijo: 'es hora compas, estemos listos para subir'.

“El rugir de la máquina me puso a temblar, todos corrimos a las escaleras, no corría tan rápido, subí y traté de refugiarme luego, luego, hacía mucho frío y las nubes tocaban piso. No vi a nadie más.

"Comenzó a clarear y no vi a nadie, el frío solo hacía su trabajo. Pero el miedo llegó después. Ellos no estaban, grité como loco, pero ellos no estaban. Trepé a lo alto del tren y no había nada, pase a otros vagones y el viento me impedía moverme fácilmente.

“Vi a otros compas, les pregunte por mis amigos y dijeron que no había nadie más, que no pudo subir mucha gente porque la policía les cayó encima."


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La justicia consiste en tener respeto por el derecho de la gente a vivir como quiera.
Naguib Mahfuz

viernes, 20 de abril de 2007

Ahí viene migración II


Todo fue rápido y repentino.
- Atrás todos atrás y no se acerquen a las ventanillas. Tú cierra esa ventana y aléjate de ahí, mugroso ilegal.

Se habían agolpado todos al unísono en la puerta con gritos y empellones al ver a la distancia a los agentes que bloqueban la carretera.
Abre la puerta chofer, abrela no seas cabrón, abrela no seas malo, –decía alguno de ellos-.
Se insultaban todos y caían los rostros al marasmo. Desencajados unos, furiosos otros. El cansancio era para después, la sed, el hambre y las más de diez horas de caminata ya no importaban. Ver en un instante todo lo que se perdió, por una intempestiva aparición de los agentes de migración, y la segura deportación. Abre la puerta por tú madre, déjanos bajar, párate, por favor párate!. Patadas a la puerta, gritos de reclamaciones entre ellos, y lamentaciones sin fin. Ella de la alegoría por dejar de caminar al llanto profundo. A la mirada con rencor, con desesperación.

Uno de ellos, sin turbarse grito que se estuvieran quietos. Lo mejor es no resistir. Nos atraparon. Ya que. Segundos después los agentes se hacían del control del transporte y con ello la deportación.

El chofer intenta frenar, no se anima a hacerlo del todo, los gritos continúan y las lamentaciones no paran. A unos metros del agente de migración en medio de la carretera con las manos en lo alto indicando que siguiera despacio hasta adentrarse en la terraceria. No te detengas y no abras la puerta hasta que yo te lo diga. Otros dos agentes rodeaban el camión, descolorido y de ruedas rechinantes. Abre la puerta el chofer y brincan al campo dos, tres de los hondureños. Se lanzan a todo lo que dan sus nobles piernas que responden a pesar de todo. Tras ellos corren tres agentes más, robustos y mal encarados.
En el camión se amontonan en la puerta queriendo salir y escapar. “Todos atrás, ninguno se le levante, -gritaba el agente del Instituto Nacional de Migración- aquí no sé hace lo que se les pega la gana”. Un clik, otro clik. “Baje esa cámara, no se pueden tomar fotografías. ¿Abra su maleta, de donde se la robo?”. La credencial de prensa frente a su rostro es implacable.
Baja la voz el agente, - ¿de donde viene?-
- de la ciudad de México, con autorización del instituto para el que usted trabaja.

“Bien muchachos, como nos traten serán tratados, -dice el agente con el rostro serio pero ya sin violencia en la mirada- se forman y pasan de uno en uno, como les vayamos indicando. Les daremos de comer y agua, podrán descansar en la estación migratoria”.
Algunos de ellos bajan la mirada para esconder la lagrima que les delate la tristeza. Otro grita que sin fotos. Otros ojos miran con rencor, como pensando en contra de uno. “Salí de mi casa el miércoles pasado, en San Pedro Sula. No hay nada no hay trabajo, tuve que dejar la escuela. Es frustrante terminar así”
El resto de los pasajeros todos ellos de Tenosique, solo miran hacia la montaña, con indiferencia, donde seguramente algunos compañeros migrantes caminan con la prisa y la premura del peligro de ser asaltados, pero sin la carga de encontrarse con los agentes de migración.


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La justicia consiste en tener respeto por el derecho de la gente a vivir como quiera.
Naguib Mahfuz